No pretendía epatar. Lo que ocurrió es que aquel camisón de seda beis ejerció tal influjo sobre mí que no pude resistirme a lucirlo en el evento.
Lo encontré rebuscando en un baúl que había en el casoplón de doña Dionisia; y enseguida que lo vi, reconocí su calidad al tacto y necesité ponérmelo.
Alcé los brazos por encima de la cabeza y los introduje en él; y sentirlo deslizarse suavemente por mi cuerpo fue un auténtico disfrute. Después anduve para acá y para allá con los tacones, para permitir que la finísima tela resbalara entre mis piernas y las acariciara... Y por último, le pedí a mi anfitriona el batín acolchado de su marido; porque, al ser de color de chocolate, era el complemento perfecto para el camisón.
Y vestida de esta guisa, y con unos pendientes largos, asistí al homenaje que se celebró en honor de un insigne poeta y a la cena posterior.

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