sábado, 9 de noviembre de 2019

La Marilinda y el Abraham


Este mediodía, tomándonos un cóctel de champán, la Marilinda me ha hecho una confesión estupefaciente. Me ha asegurado que como el Abraham no reconozca que está muy sordo y se ponga un audífono, lo va a abandonar.
Ante mi pasmo por una noticia tan inesperada, ha continuado explayándose: 
- Tú no sabes lo que es vivir con los aparatos de la casa puestos a todo volumen. Para una persona con un oído tan fino como el mío, unos decibelios de más resultan insoportables. Si la cosa no tuviera remedio me aguantaría, pero por una cabezonería de él no estoy dispuesta.
- Pero qué decisión tan drástica, ¿no?
- Mira, cuando nos disponemos a ver la televisión, pone el sonido a tal intensidad que, no es que te resulte más o menos molesto, es que te vuelves loca. Las ondas sonoras chocan con las paredes y la reverberación convierte el cuarto de estar en una cámara de tortura. Yo no puedo con los nervios; al final siempre acabo en otra habitación, y eso no es justo.
- ¡Pero Marilinda!
- Ni Marilinda ni nada. Y además está el hecho de que habla muy fuerte. Cuando circulamos por la calle, por ejemplo, todo el mundo que anda cerca se entera de nuestra intimidad. ¡Es horrible! El otro día, cuando fuimos a ver la última película de Woody Allen, y como hacían descuento a los espectadores mayores de 65 años, se puso a decir a gritos nuestra edad, y con ello informó a toda la fila. ¡Me quise morir! El único consuelo que me quedó es que la taquillera puso cara de incredulidad al mirarme a mí. En fin, qué más te voy a contar...

No hay comentarios: