domingo, 24 de noviembre de 2019

Los crucigramas blancos, el miedo y la fuerza de voluntad


En estos días de tanto frío, el sofá me retiene fuertemente unida a su asiento. De vez en cuando aparece la fuerza de voluntad, y me insta a que me levante y salga a la calle a pasear; pero como no me apetece su plan, pongo la atención en otra cosa. Ella me acucia; y al final, para no oírla, tengo que zambullirme en un crucigrama blanco, porque sé que así me abstraeré por completo.
Y es que, dejando aparte la escritura, es este tipo de pasatiempo el que más logra ensimismarme. Me basta tener uno de ellos entre las manos para enajenarme de todo lo que me rodea y olvidarme de donde estoy. Para mí, esas cuadrículas impolutas son fortalezas inexpugnables que tengo que conquistar, y no cejo hasta conseguirlo.
Y esta afición desmesurada a rellenar casillas me es muy útil también cuando tengo que viajar en avión. En esos momentos, el miedo a volar pugna por hacerse dueño de mi ánimo y angustiarme hasta hacerme enloquecer; pero no puede lograrlo porque yo, entregada totalmente a encontrar la palabra que corresponda a tal o cual definición, ni  siquiera reparo en él. 

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