Hace poco, cuando paseaba por las calles de una pequeña ciudad, me topé con una tienda de ésas, de precios más baratos, que todos llamamos outlet. Era de calzado; y, como necesitaba unas zapatillas de cuña de esparto, entré para ver si las encontraba. Tuve suerte, e inmediatamente di con las que parecían ideales para mí: de color azul marino y con el talón y la punta de arpillera.
En el momento de ir a pagar, la dependienta me advirtió de que, junto con esa compra y por sólo diez euros más, podía llevarme un segundo par de zapatillas; pero, eso sí, tenían que ser de las que había en determinado expositor.
Como me pareció interesante la oferta, dirigí la vista hacia ese calzado que prácticamente regalaban; y, como era de esperar, me encontré con una serie de adefesios. Pero, mirando y mirando, en medio de todos ellos descubrí un modelo que me pareció bonito y lo adquirí. Era de color oro viejo; y llevaba, en la parte de arriba, tres margaritas de un amarillo más claro.
Ahora, unos días llevo las zapatillas azules y otros las doradas. Y me ha ocurrido que personas que han alabado las segundas, calificándolas de preciosas, ipso facto han bajado su estimación y las han dejado en simplemente “monas” cuando se han enterado de su precio.

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