La madre de Agustina nos reprendía, pero nosotras no podíamos dejar de observar a aquel hombre tan pintoresco. Nos chocaba su dicción; sus modales toscos; las mellas que mostraba cuando abría la boca; el que se sacara una navaja del bolsillo y con ella pinchara el embutido de la merienda...
Precedía de allende el cerro Tomatón, y venía a visitar a la familia de mi amiga en algunas ocasiones. Llegaba al pueblo montado en una motocicleta con alforjas, de las que invariablemente asomaban dos gallos que traía como presente; y a nosotras, al verlo de esta guisa, nos entraba la hilaridad.
Entonces corríamos a apostarnos detrás de las cortinas o debajo de la mesa camilla para verlo actuar sin que nadie nos pillara; pero una tarde aciaga, Agustina soltó un hipo en el momento en el que yo entreabría la jarapa que cubría la ventana y mi ojo izquierdo y los ojos de su madre se encontraron...

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