Micaela tenía once años cuando sintió la llamada del arte por primera vez. A esa edad, un día experimentó un deseo irrefrenable que la llevó a pintar una pared del patio de su casa; un muro recién enjalbegado que a sus ojos aparecía como el lienzo perfecto que no podía quedar sin dibujar... una tela que alguien superior había dispuesto para que ella se pudiera expresar.
Impelida por esa extraña fuerza que poseen los artistas, la pequeña Micaela cogió un bote de color y una brocha, y comenzó a pintar sobre aquella superficie inmaculada.
Dibujó tres redondeles: uno encima del otro y de diferente tamaño; y, al lado, otro redondel con muchos redondelitos dentro. Y cuando los demás, desorientados y perplejos, le preguntaron por el significado de tanta forma circular, ella respondió que las tres circunferencias que estaban alineadas representaban a la huevera del pueblo; que el redondo grande era su cuerpo, el mediano su cabeza y el pequeño su rodete. Y que la otra esfera que había al lado, llena de redonditos, era la cesta que siempre llevaba consigo.

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