Charles Aznavour tiene una canción maravillosa que se titula “Ayer cuando fui joven”. Esta composición ha estado en mi vida desde la pubertad; y, a partir de ese tiempo en que los recuerdos empezaron a contar, cada vez que la oigo me invade la nostalgia.
Ahora tengo el disco sencillo entre las manos. Si lo pongo en el picú y dejo que la voz del cantante se esparza por la habitación, diversas imágenes de los años vividos aparecen en mi cabeza; y, junto con ellas, las sensaciones que entonces me causaron.
Noto el sabor ácido del albaricoque verde como en el tiempo en que esa fruta sin madurar me chiflaba; el subidón de adrenalina que me producía el tirarme corriendo por una montaña abajo de la mano de una hilera de personas; el dolor que sentí cuando, a finales de un agosto, el chico del que me había enamorado ese verano tuvo que volver a la ciudad...
También me acuerdo de una minifalda de color rojo con cinturón ancho de hebilla; y de la primera vez que “los mayores” nos invitaron a un guateque a mis amigas y a mí. De rosarios y novenas; y hasta de comulgar los nueve primeros viernes de mes, para tener la garantía de que no iba a morir en pecado mortal...
Y mientras Aznavour sigue cantando, en mi avanzar por el pasado yo ya he llegado a la Universidad. Experimento lo bien que me sentí en ella desde el primer momento; la sensación de libertad y como pude expandir mis ideas. Traigo a la memoria a cátedros cultísimos que, además de su asignatura, te instruían sobre los temas más diversos.
Recuerdo a los amigos que hice allí. Y los escarceos amorosos que tuve; lo colgados que nos quedamos el uno del otro después de cruzar la mirada; y la primera vez que sentí tus manos por debajo del jersey...

No hay comentarios:
Publicar un comentario