Como no tengo móvil, mi agenda es de papel. La compré hace un montón de años en Cádiz; y recuerdo que transcribí los números de la que llevaba en ésta cuando aún permanecía en la ciudad.
A lo largo de los años, he ido apuntando en sus páginas los teléfonos de la gente que iba entrando en mi vida; y, como los que estaban de antes no los he hecho desaparecer, ahora mi cuadernito está rebosante.
En algún momento del tiempo transcurrido mi agenda perdió sus tapas; y, consecuentes a ello, sus hojas se han rizado. El lomo está a punto de partirse, y las anotaciones ya no guardan el orden debido y aparecen por dondequiera; pero, a pesar de estos inconvenientes (y de su aspecto maltrecho), me avío muy bien con ella.
En estos momentos tengo dos libretas pugnando por relevarla. Una se ajusta al modelo clásico con tapas de piel; y la otra es una preciosidad que me trajeron de Nueva York. Ésta tiene dibujados en las tapas de cartón algunos monumentos de la ciudad; y de la cubierta trasera sale una goma elástica que la mantiene cerrada.
Al final, si resuelvo desprenderme de mi viejo cuaderno, creo que optaré por el que procede de allende los mares.

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