domingo, 23 de junio de 2019

Juguetes rotos


Cuando yo era pequeña, vivía en el pueblo una mujer muy beata que tenía un único   hijo. Esta fémina (que parece que la estoy viendo, de tan bien como la recuerdo) expresaba continuamente su deseo de que su vástago fuera sacerdote; dejando bien patente en el mensaje que su felicidad dependía de ello.
Con el tiempo, esta familia desapareció del lugar, y nunca supe si aquel niño tan enmadrado acabó cantando misa. En el caso de que tal cosa sucediera, desconozco si tenía verdadera vocación o renunció a ser feliz en aras de que su progenitora lo fuera. Aunque también pudiera haber ocurrido que, en algún momento del proceso, el muchacho se hubiera visto incapaz de prescindir de sus propios sueños. Y si esto es lo que aconteció, hasta es posible que, armado de valor, mandara los anhelos de su madre a paseo y se dedicara enteramente a seguir su camino.
No lo sé,  pero durante mi vida he visto varios casos como éste. Padres que depositan sus esperanzas en un hijo, y lo ungen encargado de dar lustre a la familia y como conseguidor de esos sueños que ellos no pudieron alcanzar. Progenitores que presionan y chantajean emocionalmente a sus vástagos en interés de lo que ansían, y sin importarles las consecuencias que tal hecho puede acarrear. Hombres y mujeres que transmutan su devoción en odio cuando sus hijos no responden a sus expectativas; hijos convertidos en juguetes rotos... 

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