domingo, 23 de junio de 2019

El teniente y yo


Hace muchos años por estas fechas, yendo a la playa con una amiga, metimos el coche en un banco de arena inadvertidamente, y nos quedamos atascadas.
Desde un bar cercano llamamos a la Benemérita; y ésta acudió inmediatamente en nuestra ayuda.
Al mando de la patrulla venía un teniente orgulloso y altanero que me encandiló; y aunque él se mostró en todo momento serio y circunspecto, sus ojos me dijeron al instante que yo también lo había enamorado. 
Mientras los números procedían a sacar el vehículo del arenal, el oficial y yo continuamos hablando; y sin poderlo remediar, nos vimos envueltos en ese delicioso juego erótico que consiste en mantener simultáneamente una conversación aséptica y una comunicación ocular de alto voltaje.
Ese mismo día, en cuanto acabó el servicio, aquella autoridad me telefoneó, invitándome a la verbena que iban a celebrar la noche de San Juan él y otros compañeros del Cuerpo; e hizo extensiva la invitación a mis amigos.
Confieso que en los días que me llevaron hasta esa noche mágica, fuerzas desconocidas se agolparon en mi interior y me quitaron el sosiego; y que las sacudidas que sentía eran tan fuertes y tan locas, que no estaba segura de que los cimientos de mi virtud  fueran a aguantar intactos cuando volviera a estar delante de mi caballero.
Y por fin llegó la gran velada. Por decisión propia (no quise que me viniera a buscar), acudí con mis amigas al evento; y con lo primero que me encontré nada más llegar fue ¡con el teniente vestido de paisano! Imaginaos mi decepción: con el uniforme y las estrellas habían desaparecido parte de su atractivo y todo el morbo que me provocaba...  

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