Ayer salimos con Serafima; y, como siempre ocurre cuando quedamos con ella, fue un placer. La susodicha es una mujer muy culta; su conversación nunca es banal y en cualquier tiempo te sorprende con algo nuevo. Mientras tomábamos una refacción en la Plaza Real, mencionó el tema de la grafomanía. Se preguntó (y nos preguntó) de un modo general en qué momento la afición por escribir se convertía en una especie de locura; y cuándo un autor se transformaba en un grafómano.
Os confieso que me cogió desprevenida porque nunca había pensado enteramente sobre el asunto. Mi amor a la escritura no tiene límite, pero no sé si se me puede incluir en esta categoría. De cualquier manera, si a Bertrand Russell, Nabokov o Dostoievski se les considera así, no me importaría nada pertenecer a este club. Y tengo la sensación de que a vosotros, que también escribís, tampoco.

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