En este momento, mientras espero que el mejunje que me he puesto en la cabeza haga efecto y me tiña las canas, estoy pensando en lo que podíamos hacer para revitalizar este espacio.
Es evidente que invitar a los lectores a que participen más activamente no es la medida más eficaz, puesto que ya los hemos llamado con insistencia y de modos diversos y, salvo excepciones, no se han dejado ver.
Tampoco parece probable que surja un patrocinador que nos costee una tournée por los pueblos para que vayamos declarando la conveniencia de escribir. Se me antoja que esto no ocurriría ni aunque a la vez representáramos un sainete.
Y llegados a este punto, se me acaba de pasar por las mientes que, tal como hacían los escritores del Siglo de Oro, nosotros también podríamos lanzarnos pullas unos a otros. Estoy segura de que este proceder animaría mucho el cotarro. Ciertamente nuestros antecesores escribían mucho mejor que nosotros (¡dónde va a parar!) y eran duchos en manejar el soneto y el serventesio (más apropiados que el microrrelato para este quehacer); pero si nos lo proponemos y olvidamos nuestra bonhomía podemos llegar muy lejos. ¡Jajaja!

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