domingo, 26 de mayo de 2019

La chica yeyé


A mediados de la década de los sesenta, mis amigas y yo éramos fanes incondicionales de todo lo yeyé. Conocíamos a las francesas, italianas y españolas que cantaban este tipo de música; estábamos enteradas de sus vidas; procurábamos adoptar la estética y actitudes propias de este estilo...
En nuestras fiestas, una se caracterizaba de Sylvie Vartan; otra de Rita Pavone; otra de Françoise Hardy; otra de Marisol... y, con sus sencillos girando en el tocadiscos, hacíamos un remedo del programa “Escala en hi-fi”. 
Una vez, tan al límite llevamos nuestro entusiasmo, que organizamos un concurso para elegir entre nosotras cuál era la mejor chica yeyé; y yo me llevé el premio. El galardón consistía en un banderín con la cara de Robert Wagner (guapísimo), y un diploma que me titulaba “Miss chica yeyé”.
Yo estaba muy orgullosa de mi nombramiento, aunque para evitar las burlas de un muchacho cruel que asistía a mi mismo centro de enseñanza (y que no me dejaba en paz) me guardé de anunciarlo. Pero hete aquí que, como siempre andaba registrando mi cabás, encontró el diploma y se lo quedó. Y a la mañana siguiente, antes de que llegara el profesor, se lo mostró a todos los alumnos y comenzó a burlarse de mí de una manera despiadada.
Deshecha y llorando a lágrima viva me marché a mi casa;  pero, antes de llegar, me encontré con Luz Divina. Y ésta, cuando le conté el porqué de mi aflicción, me dijo que cuando fuera mayor comprendería que mi maltratador no era más que un vulgar patán lleno de complejos.

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