Aquella casa era vieja, pequeña y oscura; pero yo, con mi poco dinero y mi mucha creatividad, empecé a transformarla en la vivienda de mis sueños. Primero mandé echar abajo las paredes que no fueran maestras para conseguir espacio y claridad; y después, me puse un babi y los guantes y enjalbegué la fachada y los muros interiores.
A los pocos días fui a Yecla a comprar los muebles; y, como iba a ser yo la única persona que moraría en aquellas habitaciones, no tuve que consensuar mi elección con nadie.
Luego fui colgando en todas las superficies verticales dibujos y fotografías; y llené los anaqueles y las mesas con mis libros y los bártulos de escribir.
Cuando aquella casa se llenó de huellas de mi vivir, se convirtió en mi fortaleza y en el lugar donde más a gusto estaba: me protegía de inclemencias y rigores de todo tipo; me proporcionaba el aislamiento necesario para crecer; y me permitía recibir a mis amigos.
Pero hete aquí que, una vez, una millonaria que andaba medio enamorada de mí, me regaló tres enanitos de jardín y consiguió, por unas horas, trastornar la quietud y el sosiego de mi vida. Pretendía que los colocara en el patio, debajo de la parra; y yo, como distorsionaban la estética de mi casa, me negué. La insté a que se llevara sus estatuas, pero como no quiso hacerlo, las deposité con mucho respeto en el contenedor.

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