-No tenías derecho a hacer lo que hiciste, Isidora.
-Te lo diré por enésima vez, Marcelina: no advertí que tus palabras eran audibles en toda la habitación.
-Pues yo lo que siento ahora es perplejidad. Dudo si todo se debió a una fatalidad o fui víctima de una jugarreta.
-Y yo lo que te respondo es que esa confusión que dices que tienes demuestra que no me conoces, Marcelina: a sabiendas, soy incapaz de hacer daño a nadie.
-Es que tu excusa resulta inverosímil, Isidora. ¿Quién se va a tragar que no sabes hablar por el móvil y que necesitas ponerlo en altavoz?
-Te lo he repetido cientos de veces. No es que no sepa mantener una conversación con el teléfono pegado a la oreja; lo que ocurre es que me es más cómodo tenerlo alejado y con toda la voz dada.
-Entonces, si alguien quiere hablar en privado contigo, ¿qué tiene que hacer?
-Llamarme al fijo. Piensa que el móvil es de mi marido; y que yo, las contadas veces que lo utilizo, tengo la costumbre inveterada de ponerlo como te he explicado.
-Pero es que es muy gordo lo que pasó, Isidora. Te revelé que soy frígida y sólo quería que lo supieras tú; te describí pormenorizadamente como son mis relaciones sexuales y lo frustrantes que me resultan... ¡Y hasta te conté lo del jacuzzi!
-Ya te he dicho que lo siento, Marcelina.
-No te puedes imaginar la conmoción que sufrí cuando de pronto, tu marido irrumpió en la conversación dando su parecer, Isi.
-Pero esa espontaneidad es la que muestra nuestra buena fe, Marce. Como comprenderás, si nos hubiéramos propuesto hacerte una mala pasada, mi marido no se hubiera dejado ver.
-¿Asunto finiquitado, Marcelina?
-Asunto finiquitado, Isidora.
-Dame un beso, Marce.
-Toma dos, Isi.

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