Una vez, unos recentísimos amigos nos invitaron a José y a mí a pasar el día en su casona. A poco de llegar y después de darnos los saludos de rigor, nuestros anfitriones se declararon fanes de Raphael y de Rocío Jurado; y, a partir de ese momento, se dedicaron con fruición a poner discos de los dos artistas y a hablar de sus trayectorias.
Durante mucho rato disfruté de la reunión porque el tema me interesaba (Raphael y Rocío me parecen voces prodigiosas y siempre los he admirado); pero al cabo de tres horas de escuchar la misma música y mantener idéntica conversación, comencé a aburrirme...
Entonces a mi marido, al que le chiflan las matemáticas, se le ocurrió contarnos como Eratóstenes había medido La Tierra; y, no contento con eso, y viéndonos entusiasmados, continuó con lo de la criba y los números primos.
Después comimos; y a continuación bailamos. Para la ocasión, los dueños de la casa pusieron un cedé de Los Cinco Latinos; y pronto, sus voces interpretando “Solo tú”, “Pequeña flor”, “El humo ciega tus ojos”... llenaron la estancia.

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