sábado, 23 de febrero de 2019

En la cola de la chacinería


Llevo hora y media en la cola de la chacinería y no sé definir muy bien el estado en el que me encuentro. Primero tenía los nervios de punta; luego vino el arrebatamiento; y ahora, he entrado en una especie de marasmo y siento el ánimo suspendido. Empiezo a reírme sin ton ni son, y se me debe estar poniendo cara de enajenada porque las personas que me rodean me miran de una forma rara y se apartan de mí.
En este momento sólo falta una creatura para que me llegue la vez. La están despachando y parece que, en cantidades irrisorias, va a comprar de todos los embutidos. Se diría que lo está haciendo adrede para exasperarme. Hace un rato lo hubiera conseguido, pero ahora soy feliz flotando en la atmósfera del supermercado. Feliz, feliz... 
Y la que ha logrado infundirme afectos contrarios ha sido la charcutera. Por un lado, su mirada limpia y su cara de buena persona me inclinan a la simpatía; pero por otro, la parsimonia con la que atiende a los clientes me saca de quicio. Y para colmo nos llama a todos “guapis”: guapi por aquí, guapi por allí... Verdaderamente, esta manera de dirigirse a los parroquianos no se puede superar.

No hay comentarios: