Ayer, cuando iba en el metro, vi a un grupo de personas censurar a otra porque sabía quien era Guy de Maupassant y había leído sus cuentos. De resultas, observé como ésta se sonrojaba; y, prácticamente, pedía perdón por sus conocimientos.
En la corte del rey Zopenco, que un analfabeto alardee de su ignorancia se juzga positivo, agradable, un signo de sencillez... En cambio, que una persona culta dé muestras de que lo es se considera una exhibición de superioridad; un comportamiento opuesto al orden social; una atrocidad...
El iletrado cae genial y de él todos quieren ser amigos. Por el contrario, el instruido disgusta al común de los súbditos; y, salvo que encubra su saber o sufra un grave infortunio, no es aceptado.
Y ante tal panorama, uno se pregunta: ¿cómo consigue el erudito hacerse perdonar cuando carece de modestia? Sin esta virtud ¿está condenado al aislamiento? Y frente a esta posibilidad ¿es lícito revestirse de falsa humildad?..
Lo cierto es que valorarse y sentirse orgulloso de uno mismo (en la debida proporción) es bueno; que el engreimiento y la petulancia es propio de idiotas; y que intimidar a los demás, la mayor parte de las veces, no depende del que resulta apabullante.

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