No puedo asegurar con qué periodicidad los hacíamos ni cuánto duraban; pero sí sé que, cada equis tiempo, las púberas y las monjas nos recluíamos en una casa preparada al efecto para practicarlos. Se suponía que allí teníamos que apartar la mente de lo terrenal y centrarla en lo religioso; pero con la edad que teníamos (las alumnas), eso era muy difícil.
Recuerdo que una vez, lejos de entregarnos a la oración, la compañera que ocupaba la habitación contigua y yo nos pusimos a jugar a barcos por la ventana. Y fue precisamente en el momento en que le dije las coordenadas de una casilla y ella me respondió “¡hundido!” cuando la guardiana, que estaba al acecho, nos descubrió y nos amonestó severamente.
Por la envergadura de la reprimenda parecía que hubiéramos cometido un pecado mortal; pero a nosotras no logró impresionarnos. Como es lógico, pusimos cara de pesadumbre y arrepentimiento; y, en cuanto pudimos, acabamos la partida. Aunque eso sí, de una manera más discreta.

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