Mi bicicleta era de color verde; y, como todas las de las niñas, no tenía barra. Cuando me la compraron, me la llevé a una cuesta cuyo declive me permitía coger impulso; y allí estuve probando y probando hasta que conseguí mantenerme en equilibrio sobre ella. Pronto pude recorrer el pueblo y los alrededores; y de los pinitos del comienzo pasé a guiarla con bastante destreza.
Pero la bicicleta que a mí me gustaba era la de mi vecino Jacinto. Ésta era negra, alta y con barra, e ir en ella me daba sensación de poderío. Como el susodicho era muy antipático, para conseguir que me la prestara tenía que darle dos albaricoques verdes del árbol que teníamos en el patio o tres tebeos del Capitán Trueno o del Jabato; pero yo hacía el trueque de buen grado, porque conducir aquella máquina me encantaba.
Un día, yendo por una pendiente muy inclinada, los frenos de la bicicleta de Jacinto no funcionaron y me di un trompazo monumental. En mi trayectoria hasta chocar con unos haces de alfalfa, me llevé por delante unos botijos que se secaban al sol; pude esquivar un cercado; y casi me caigo en un pilón.

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