A medida que se acerca el momento de la consulta, el miedo y la angustia me atenazan más. Soy un hombre, y de mí se espera que me comporte con gallardía, pero por dentro estoy muy nervioso y a punto de estallar. Pienso en si no sería conveniente acudir a un psicólogo para que me ayude a afrontar estos controles; aunque enseguida lo desecho, porque el único que me puede devolver el sosiego es el oncólogo con su sí o con su no.
Cuando hace unos días me extrajeron sangre para analizarla, sentí que la incertidumbre que hasta entonces había albergado mi cuerpo se iba a hacer certeza; y que esta certeza, en forma de número, iba a adquirir visibilidad.
Y ahora, mientras espero oír mi nombre por el altavoz, y para animarme, me digo que esa cifra que es indicio de lo otro no debe de haber subido mucho; porque si no, me hubieran llamado con antelación. Y para distraer más el miedo, observo las caras y el temple de los pacientes que entran y salen de las consultas. El recelo y la angustia que reflejan al entrar; y la felicidad o el abatimiento que exhiben al salir.

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