Hace poco compré un televisor y, de resultas, estoy histérica. Mi antiguo aparato era pequeño y rudimentario, aunque para los programas que veía me bastaba con él. Lo tenía colocado en un rincón del cuarto de estar; y, cuando estaba encendido, los personajes que aparecían en la pantalla nunca la atravesaban ni invadían mi espacio.
Pero ahora, con la nueva y gigantesca televisión (erré en las pulgadas que tenía que tener), ocurre todo lo contrario: los que salen en ella irrumpen por la fuerza en mi cuarto de estar y me comen. Les veo la cara con tanta nitidez que soy capaz de cuantificar los poros que tienen. Me abruman; me resultan asfixiantes...
Lo primero que hago por las mañanas es asomarme al cuarto de estar con la esperanza de que el armatoste, durante la noche, haya disminuido de tamaño; pero ¡qué va! ahí sigue igual.

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