Yo de pequeño me ajuntaba con las niñas. El mundo en el que se movían era con el que me identificaba, y no me costaba ningún esfuerzo conducirme como ellas. En cambio, todo lo que atañía al espacio masculino me resultaba hostil. Los chiquillos de mi edad me martirizaban con sus burlas, y me llamaban con nombres que me herían como cuchillos. Lo peor era cuando estaban en grupo y yo tenía que pasar por delante. Entonces, sabía que indefectiblemente sonaría la palabra maldita; y era tanta la ansiedad con la que la esperaba, que deseaba que la pronunciaran cuanto antes para así quedarme tranquilo. Llegué a coger tal aversión al sexo masculino que anhelaba que sólo existieran mujeres.
Mi refugio y el lugar donde mejor me encontraba era la casa de mi abuela. Allí tenía un acerico repleto de alfileres de colores; un costurero; y un busto de cartón piedra, sobre el que hacía los vestidos de hadas y de princesas con los que nos disfrazábamos mis amigas y yo.

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