domingo, 30 de septiembre de 2018

Un acerico repleto de alfileres de colores


Yo de pequeño me ajuntaba con las niñas. El mundo en el que se movían era con el que me identificaba, y no me costaba ningún esfuerzo conducirme como ellas. En cambio, todo lo que atañía al espacio masculino me resultaba hostil. Los chiquillos de mi edad me martirizaban con sus burlas, y me llamaban con nombres que me herían como cuchillos. Lo peor era cuando estaban en grupo y yo tenía que pasar por delante. Entonces, sabía que indefectiblemente sonaría la palabra maldita; y era tanta la ansiedad con la que la esperaba, que deseaba que la pronunciaran cuanto antes para así quedarme tranquilo. Llegué a coger tal aversión al sexo masculino que anhelaba que sólo existieran mujeres.
Mi refugio y el lugar donde mejor me encontraba era la casa de mi abuela. Allí tenía un acerico repleto de alfileres de colores; un costurero; y un busto de cartón piedra, sobre el que hacía los vestidos de hadas y de princesas con los que nos disfrazábamos mis amigas y yo.

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