No me gusta ir a la peluquería... ¡lo odio! Estar con la cabeza echada para atrás mientras me lavan el pelo es un tormento; con los rulos puestos me siento inerme ante el mundo; soy aprensiva y no me gustan las tijeras y los peines ajenos; el olor de la laca me confunde...
Cuando mi pelo encanece me lo tiño yo; y cuando crece me lo corta mi marido. Pero hete aquí que, este verano, se me ocurrió ir al establecimiento que regenta mi amigo Evaristo. ¡No me quiero ni acordar!
Resulta que, cuando estaba en medio del salón, con el tinte en la cabeza y los babateles y las toallas colgando de mi cuello, empezaron a entrar familiares y amigos de Evaristo con la intención de tertuliar. Yo era la única clienta, y hacia mí se dirigieron todas las miradas. ¡Y venga saludos! ¡Y venga parabienes!
Quería hacerme invisible o volar, pero no sucedió ni una cosa ni la otra, y permanecí allí anclada al sillón. Y luego el tinte no me cogió y el pelo se me quedó más blanco que lo tenía. Pero... ¿cómo me podía prender con semejante panorama?
Este escrito se lo dedico a todos lo peluqueros; y especialmente a mi amiga...

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