Me acerqué creyendo que yo iluminaría el lugar,
pero resultó que allí había fanales que alumbraban más que el mío.
Estos me acogieron con simpatía y calor, pero yo los ignoré.
Y, llena de soberbia y enojo, me instalé en un rincón del puerto.
Ahora, ellos unen sus luces y clarean toda la avenida.
Y yo, sola en este rincón, pugno por sobresalir;
pero reconozco que es una tarea ímproba y con resultado incierto...

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