viernes, 5 de enero de 2018

A propósito del pueblo


Yo soy una de esas personas a las que los pueblos amarran y no dejan escapar. Al principio, el enganche con el que me sujetó el mío estuvo hecho de querencia. Cuando de joven me fui a la capital a completar mis estudios, era tal mi propensión a volver al lugar que me había visto nacer que no hubo fin de semana que mis paisanos no me vieran regresar. Y cuando terminé mi formación, al pueblo que me encaminé de manera inexorable y con el propósito de que fuera por siempre jamás.
Ahora el dogal que me retiene está hecho de comodidad y miedo. Las casas de enfrente son las que marcan la línea de mi horizonte físico, y temo que también del mental. Hace tiempo me propuse marcharme para preservar mi espíritu, pero cuando llegó el momento me faltaron arrestos. Odio el pueblo, pero me he hecho comodona y cobarde, y pienso que en ningún lugar voy a estar mejor que en este agujero que no deja las ideas fluir.
Y todo esto me lo digo mientras miro la pantalla del móvil y veo a mi amiga Florita paseando por Times Square. Flora y yo nos criamos juntas, pero ella se marchó y yo me quedé. Ahora son las cuatro de la mañana aquí en el pueblo, y las diez de la noche en Nueva York. En cuanto acabe este hablar a solas, me tomaré mi acostumbrado chusco con aceite y mi tazón de leche y me pondré a vegetar.

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