Conozco a una persona a la que nunca ha acompañado la suerte. Sin entrar a considerar si es la suerte la que rehuye a esta creatura o es esta creatura la que se aparta de la suerte, lo cierto es que la vida la ha golpeado de manera inmisericorde.
Cuando publiqué mi libro, este desventurado me felicitó; y luego, me dijo que daría cualquier cosa por poder escribir. Me aseguró que plasmar en el papel todas sus adversidades sería como desprenderse de ellas y verlas en perspectiva; que, desproveyéndolas así de su carga emocional, le resultaría más fácil mirarlas de frente y analizarlas con mesura. También barruntaba que escribir un libro le haría sentirse orgulloso y le subiría la moral (y a fe que lo necesitaba).
En ese momento, una mujer con aspecto estrafalario que pululaba por allí se inmiscuyó en la conversación aseverando: escribir lo puede hacer cualquiera; y si dudáis de lo que digo, no tenéis sino que acercaros a las obras de algunos escritores célebres para daros cuenta de ello.
Confieso que me mostré de acuerdo con la extraña entrometida.

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