“Saber y ganar” y “Pasapalabra” son dos programas que me gustan; y, si estoy libre de impedimentos cuando los emiten, no me los suelo perder. Del primero me agradan todos sus apartados por igual; y del segundo disfruto especialmente con el rosco.
Para los espectadores que me acompañan frente al televisor resulto insoportable, porque me embebo en el programa y me creo una concursante más. Cuando el presentador hace una pregunta, la primera que responde en muy alta voz soy yo. Se conoce que grito para que me oigan en el plató, pero lo único que consigo es tapar las contestaciones de los verdaderos participantes y exasperar a los que comparten espacio conmigo. Pero es que si escucho a los concursantes y veo que yerran es peor; entonces si que chillo desaforadamente, dictándoles la verdadera respuesta.
Los que no me pueden aguantar por este motivo me reconvienen por mi cobardía y mi falta de ánimo para ir a la televisión y concursar de verdad. Y llevan razón. No quiero ir, porque las cámaras me aterrorizan y sé que delante de ellas no daría pie con bola.

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