miércoles, 3 de enero de 2018

El mundo de lo minúsculo y mis gafas mariposa


El otro día fui a revisarme la vista y, como tuve que cambiarme los cristales de las gafas, aproveché y me cambié también la montura. Elegí una de aire retro con incrustaciones de nácar y de coral; un modelo que hacía resplandecer mis facciones; unas gafas que me daban lustre y me favorecían... 
Todo lo contrario de lo que me pasaba con las que había tenido hasta entonces. Mis anteriores antiparras (que no sé en lo que estaría pensando cuando me las compré) me sentaban fatal. Con ellas puestas tenía aspecto de marisabidilla histérica y respondona; y como me avergonzaba de mostrarme de tal guisa, nunca las usé en sociedad.
Durante el tiempo que las tuve (y no las llevé), jamás pude leer la carta de ningún restaurante; ni distinguir las caras de los nietos de mis amigas en las pantallas de sus móviles; ni enterarme de los precios de los productos... Era como si fuera de mi casa, el mundo de lo minúsculo no existiera para mí.
Ahora, con mis lentes mariposa, todo ha cambiado a mi alrededor. El mundo se ha llenado de cosas y seres que antes no existían porque no los percibía. Y hasta soy capaz de ver las arrugas y las imperfecciones en los rostros de los demás (las mías nunca dejé de verlas en un espejo de aumento), y leer lo que en ellos se refleja.

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