Con el asunto del visiteo hay que tener cuidado; porque, si uno se aficiona demasiado y actúa sin medida, puede acabar resultando un plomazo para los demás.
Yo, cuando voy a casa de alguien, tengo como máxima concluir la visita cuando aún estamos disfrutando de la mutua compañía. Nunca apuro un tema de conversación y siempre dejo a mis anfitriones con ganas de más; con la sensación de que les ha sabido a poco mi presencia...
Pero cuando es una servidora la que recibe, entonces me tengo que amoldar a lo que mis visitantes estimen oportuno. La mayoría de mis amigos (por no decir todos) son personas educadas que nunca abusan de mi hospitalidad. Sus visitas son breves y esperadas; y sus pláticas vivas y con esa pizca de irreverencia que tanto hacen disfrutar.
Sin embargo a veces, como a todo el mundo, me viene a casa algún remolón que nunca termina de marcharse. En estos casos me lleno de paciencia; adopto un estado de resistencia estoica; y espero que escampe... Al final sé que nada dura para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario