sábado, 4 de noviembre de 2017

Primer pretendiente


Yo, a los doce o trece años, tenía muchos pretendientes. El más cercano a mí era un compañero de curso, regordete y poeta, que se llamaba Baldomero; pero el que me gustaba de verdad era un primo suyo que se llamaba Bernabé, con el que apenas tenía trato porque iba a un curso superior.
Cuando estábamos en clase, Baldomero aprovechaba los descuidos del profesor para lanzarme a la cara bolas de papel que portaban sus requiebros. Al desenrollarlas encontraba frases del tipo: hoy te quiero + que ayer pero – que mañana. La primera vez que leí esta frase, con sus signos matemáticos, me pareció el colmo del ingenio, y como supuse que era invención de mi pretendiente, le admiré por ello. Más adelante me enteré de que no era original, pero entonces ya no tenía importancia.
Un mediodía, cuando después de clase volvíamos a nuestras casas, me invitó a pipas. Nos las comimos escupiendo las cáscaras, como procedía, y al acabar me dijo que antes de dármelas las había tenido dentro de su boca. Ante semejante declaración tuve una mezcla de sensaciones: una mezcla de asco y de gusto que me hizo temblar por entero, y que me sorprendió por incomprensible y desconocida. Ni que decir tiene que el juego de las pipas se repitió muchas veces.
Finalmente quiero decir que, delante de sus amigos, Baldomero se mostraba duro, cruel e insensible; pero conmigo siempre fue cariñoso y tierno.

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