Doña Estefanía era una mujer bonísima; pero tenía un carácter tan vehemente que, cuando se enfadaba, su persona estallaba igual que un incendio o una revolución. En estos momentos de crisis, hambrientas de aire, las fosas nasales de la doña se ensanchaban como ollares; y era tal la inspiración posterior que la expansión de su pecho provocaba el rompimiento del broche del sujetador.
Entonces, doña Estefanía tenía que sentarse en su mesa camilla; y, utilizando el lápiz como kalashnikov y su ingenio como munición, pasaba un rato dedicada a pergeñar opúsculos a cuál más encendido y provocador.
Luego los releía; y, como ya no estaba enfadada, los utilizaba para alimentar la chimenea.

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