domingo, 19 de noviembre de 2017

Confesiones lésbicas de Sol


A mi tío abuelo lo conocían por el apelativo de “el Cejijunto”; y yo, por una de esas putadas del destino, heredé su poblado entrecejo. En una de esas fotografías que en los tiempos de Maricastaña nos hacían en la escuela, aparezco con un mapa de España detrás, un catón entre las manos y un pelambre encima de los ojos que me da un aspecto primitivo y me ensombrece la mirada.
En la adolescencia aprendí a perfilar mis atributos ciliares; y, a partir de entonces, las pinzas de depilar y los espejos de aumento fueron objetos imprescindibles en mi vida. Pese a aborrecer mi peculiaridad, siempre me sentí atraída por mujeres cejudas: Joan Crawford, Chavela Vargas, Capucine, Anouk Aimée...; y cuando vi “Manhattan”, de Woody Allen, me enamoré de las cejas de Mariel Hemingway.
Y ahora, en la madurez, sentada en mi cuarto con el retrato de la escuela y mi espejo mágico, hago un repaso por mi vida mientras me arranco los malditos pelos que  nunca  dejan de salir.

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