Por los años de 1960, en Tarimón del Zaguán, presenciar una pelea entre vecinos era como asistir a una lección magistral del mejor castellano. Se aprendían una de adjetivos...
Yo tuve la suerte de adquirir tamaña instrucción un día que volvía de jugar con mis amigas, y aunque era muy pequeña, no lo he olvidado. Debí de llegar en el momento álgido de la riña, porque las mujeres, que iban con mandiles, tenían los pelos electrizados; y sus maridos, rojos del berrinche, emitían bufidos.
Aquellas buenas gentes, vociferando, se intercambiaron todo tipo de lindezas: bachillera, cermeño, ordinaria, soez, basto, verdulera, zanguango, chuchurrida... Y ésta que escribe, alucinando, no paraba de observar.
Luego eché a correr, deseando llegar a casa, para contarle a mis hermanos lo vivido.

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