La primera vez que fui a Vejer conocí a una mujer muy anciana que irradiaba sencillez, elegancia y serenidad. Era de buena estatura y enjuta; y, pese a su edad, caminaba con bastante agilidad. Recogía su pelo en un rodete y siempre iba vestida con batas grises o marrones ceñidas en la cintura con un cordón de seda.
Aquella mujer había nacido en el campo, y no había recibido instrucción reglada ni educación al uso; pero la dama poseía un lustre y una distinción que para sí quisieran los miembros de los más altos estamentos. Y era público que su talla moral era inconmensurable.
Una vez que estábamos en torno a ella un grupo de jóvenes, nuestra amiga comenzó a hablarnos de la ordinariez; de esa grosería que lacera a quien la sufre, y que tan ufana vuelve a la persona que la practica. Nos aconsejó que huyéramos de ella como de la peste porque era hiel que dañaba el espíritu.
¡Qué acertada estuvo aquella mujer con sus decires!

No hay comentarios:
Publicar un comentario