Ayer estuve de charleta con una amiga. Empezamos hablando de los juegos de café de china; en concreto, de cómo los valorábamos antes, y de lo mucho que nos estorban ahora. Acabamos con Emile Zola y su obra “Una página de amor”; y, entremedias, mi amiga me hizo la siguiente declaración:
“Pondría la vida antes en manos de una mujer que de un hombre; y el espíritu, al contrario.
A igualdad de pericia, si tuviera que operarme a vida o muerte, preferiría que la intervención la realizara una cirujana. También elegiría a una mujer para que aterrizara mi avión en condiciones de peligro extremo. En cambio, nunca le abriría el corazón a una fémina: el ser del sexo masculino es condición sine qua non para ser mi confidente”.
Pues esto me dijo mi amiga, ¡y se quedó tan fresca!

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