La primera vez que Almudena fue a París quedó deslumbrada con el estilo de las parisienses. En ese tiempo, ella acostumbraba llevar pantalones y jerséis holgados; y la gravedad de sus pensamientos era tal que la espalda se le encorvaba.
Encontrarse con aquellas muchachas que lucían prendas entalladas y de gran colorido la admiró. Y como intuyó que mostrarse de esa guisa les hacía sentirse seguras y disfrutar, enseguida quiso probar la virtud y propiedades de aquel atavío.
En las Galerias Lafayette cambió su aspecto por completo. Se compró una minifalda amarilla y un suéter negro; y, con su corte de pelo a lo Mireille Mathieu, se convirtió en una parisina más.
Sin corsés mentales que la constriñeran, vivió libre en esa ciudad durante un verano; y luego, cuando tocó, volvió a España a seguir siendo una universitaria con ideas avanzadas y comportamiento monjil. Poco después, visitando los pasos de Semana Santa en la iglesia de una ciudad de provincias, conoció a un cofrade y se ennovió. Hoy ya llevan cuarenta años casados.

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