Una vez, en un pueblo indeterminado, fuimos a visitar a unas personas y nos correspondieron con un refrigerio. Estaba compuesto de tacos de queso, rebanadas de pan y refrescos; y, dado que veníamos del campo y estábamos hambrientos, lo devoramos en un santiamén. La anfitriona, viendo y considerando nuestro desmelene tragador, sacó un queso entero de la fresquera y una hogaza de pan de la troj; y, toda rumbosa, los puso encima de la mesa para que pudiéramos continuar comiendo. En el transcurso de una hora acabamos con todo el condumio; y, después de otra hora, dimos las gracias por tan suculenta merienda y nos despedimos.
Al cabo de un tiempo, tuvimos conocimiento de lo que nuestra generosa anfitriona había declarado acerca de nuestra visita: “Viéndoles comer, y cuasi engullir, se diría que no hay queso en Barcelona”.

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