sábado, 21 de octubre de 2017

La suspensión de los sentidos


A Juana no hay nada que la arrebate más que los antebrazos de un hombre llenos de pelo. Por razones obvias (está en boga la depilación masculina), la susodicha tiene pocas oportunidades de alcanzar el embeleso, pero el otro día lo logró. Así narró en su diario el momento vivido: 
“Los distinguí entre las extremidades de la gente que subía al autobús y me parecieron maravillosos. Salían de unas mangas remangadas y negreaban de tanto pelo como tenían. Vi a su dueño traerlos hacia mí, y deseé que se sentara en una plaza libre que había a mi lado para poder contemplarlos de cerca. Cerré los ojos devorada por la ansiedad; y, cuando los abrí, allí estaban, a unos centímetros de distancia. Eran delgados y sin muscular, y la piel de debajo de semejante pelambrera se adivinaba muy blanca. Cautivada por entero, sentí la necesidad imperiosa de rozarlos con mis dedos; y el dueño, halagado (aunque un poco incómodo), me lo permitió”.

No hay comentarios: