Antiguamente, como se llevaba luto durante tanto tiempo cuando se moría un deudo, y la vida media no era muy larga que digamos, a menudo ocurría que se empalmaba un luto con otro y la afligida no se vestía de color jamás. Especifico lo de afligida porque, así como en el hombre el luto era llevadero, en la mujer era insoportable. En ellos, una banda negra cosida en la manga de la chaqueta o una corbata de este color bastaba para manifestar la pena; pero en ellas el luto era de tanta envergadura que transcurría en dos tiempos: luto riguroso y medio luto. El luto riguroso comenzaba en cuanto el pariente pasaba a mejor vida, y se extendía a lo largo de equis tiempo (no recuerdo cuanto). Las prendas (todas de color negro) utilizadas en este período eran la saya, el jersey, medias tupidas, la toca y el velo. A continuación, venía el medio luto, caracterizado por un aligeramiento o alivio de los rigores precedentes. En él se prescindía de la toca, y si había transcurrido mucho tiempo desde el óbito, incluso del velo. Creo recordar que, con moderación, se podía introducir un toque de color blanco en la indumentaria. Ni que decir tiene que el comportamiento de estas pobres creaturas debía correr parejo con la vestimenta descrita.
Y esto es lo que le ocurrió a la Teodosia, una vieja en aquel entonces (a mediados del siglo XX), que vivía sola en una casica en lo alto de la calle Mayor, y que estaba loca perdida. Sus parientes habían ido muriendo con un intervalo inferior al tiempo de luto prescrito, con lo que la pobre, además del dolor que tuvo que soportar por tantos familiares muertos, no pudo quitarse nunca la ropa negra de encima. Tampoco pudo reír, entretenerse o frivolizar (ni siquiera de joven), porque tenía que demostrar a todas horas pena y aflicción. Todo esto la fue deprimiendo y la cara se le fue desencajando, pero lo que le dio la puntilla fue el no poder casarse: ella quería hacerlo de blanco y de día, y no de negro y de noche como prescribía el luto, y nunca tuvo ocasión.

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