¡Jo! ¡Menudo despiste! Llevaba dos horas buscando las gafas y, hace un momento, cuando le he pedido a José que me ayudara a encontrarlas, me ha respondido que las tenía puestas. ¡He alucinado!
¡Con el rastreo que había efectuado por toda la casa para dar con ellas! Al menos pude descubrir algunos rincones cubiertos de polvo y limpiarlos...
Donde primero miré fue en lo que yo llamo el cobijo de la realeza; encima del armario de luna. Es el lugar en el que guardo las revistas que publican acontecimientos relativos a las monarquías. Albergaba la esperanza de hallar las antiparras por allí porque un rato antes había estado depositando un semanario sobre la reciente coronación de Carlos III.
También registré los cajones de la mesa del despacho. Obviamente no me topé con los espejuelos; pero con lo que sí me tropecé fue con un relato que escribí en el año catapum acerca de un muchacho que podía hechizar a las féminas guiñándoles un ojo. Es evidente que entonces una servidora era muy joven; hoy no se me ocurriría hablar de semejantes tonterías... ¡creo!
Asimismo, rebuscando los quevedos, inspeccioné los armarios de la cocina. Lo que apareció en ellos fue un artilugio que un allegado me regaló hace un montón de años y que nunca supe para qué servía...
Nieves Correas Cantos

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