sábado, 5 de agosto de 2023

EL DESMANTELAMIENTO DE UNA PENSIÓN

 I. Doña Agustina

Un mes después de que doña Agustina muriese, sus sobrinos me pidieron que les ayudara a desmantelar la casa. Se trataba de una pensión erigida por la difunta en tiempos remotos y que había estado funcionando hasta poco antes del óbito. Una respetable fonda en la que se habían hospedado maestros, viajantes, agrimensores, sexadores de pollos y hasta un letrista de jotas de picadillo...


II. La agobiante nada

Cuando llegó el día del desarbolo, en lo primero que me fijé al atravesar el umbral de aquella residencia fue en lo evidente que resultaba el vacío. Era como si la parca, al llevarse a doña Agustina, se hubiera cuidado de no dejar espíritus detrás. Allí estaba el clavecín de la susodicha; sus ropas y enseres... Pero todo eran vestigios materiales; sin rastro de savia o vigor...


III. El galicursi y la letra zeta

Respondiendo a la demanda de los herederos, pasé a revisar lo que al parecer eran papelotes. En medio de ellos encontré un epigrama titulado “El galicursi” que consideré genial. Una sátira en la que la finada ridiculizaba a un hacendado pueblerino que no paraba de utilizar francesismos en su conversación...

También hallé entre esos pliegos una misiva de alto contenido erótico. Pude adivinar quién era el remitente porque de los bellísimos renglones brotaba la letra zeta dibujada de manera inconfundible: “Mis manos zarceñas acariciando tu cuerpo...” fue la frase que delató a su autor.

En el momento en que reflexionaba sobre qué hacer con esas cuartillas, vino un viento fuerte y me las arrebató. Quizá lo envió la de la guadaña deseando completar...

Nieves Correas Cantos


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