Hasta hace pocos días, las copas de los árboles eran para mí manchurrones verduzcos. Las cabezas de los terrícolas, huevos duros con pelucas ya que en sus caras no podía distinguir ninguna facción; y los bordes de los azulejos de mi casa, líneas muy dadas al bailoteo y a la distorsión.
Pero ahora, con un ojo que me compré la otra tarde en los Encantes de Barcelona, lo veo todo divinamente. Las paredes de las habitaciones las percibo tan blancas que parece que las acabe de enjalbegar. Las hojas unidas a las ramas de las plantas las diferencio aunque sean minúsculas; y a los conocidos los he vuelto a saludar porque, cuando me cruzo con ellos por la calle, sé quiénes son.
Y todo gracias al superojo que digo. En cuanto lo descubrí en las vitrinas de un maestro ocularista, me prendé de él. Lo troqué por mi lucero izquierdo allí mismo en la trastienda... Después, para celebrar mi magnífica adquisición, visité un puesto de vinilos y me hice con el sencillo “La Felicidad” de Palito Ortega y con las “Danzas Húngaras” de Brahms.
Nieves Correas Cantos

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