I
La idea de invitar a Camila Boiserie a pasar unos días en el pueblo me provoca sentimientos encontrados: por un lado me seduce; pero por otro me causa horror.
II
Si me pongo en plan optimista, la estancia de la susodicha en mi casa la concibo como algo maravilloso. Podríamos hacer multitud de cosas; incluso pergeñar un opúsculo de manera conjunta sobre el perendengue y la oreja, por ejemplo. ¡Seguro que con su aporte y el mío la obrita causaría sensación!
III
Me gustaría hacer de cicerone con Camila. Presentarle a mis amigos; llevarla a comer gazpachos manchegos, atascaburras, queso frito... Enseñarle palabras usadas en el lugar: albercoque, cascaruja, mistos, gorlita... y, por supuesto, el “¡pijo!” y el “¡odo!” que tanto nos caracterizan. Aunque imagino que estas dos exclamaciones las aprendería sola ya que por aquí hasta el viento las pronuncia...
IV
Sin embargo, cuando sopeso los contras del asunto, el entusiasmo inicial trueca en desinterés y el afecto en aversión. La realidad es que, como apenas tengo tiempo libre, necesito y me apetece emplear los lapsos que me quedan carentes de obligaciones en mí. Son espacios que procuro conservar vacíos; sin compromisos ni extraños. Momentos en los que codicio leer, escribir, escuchar música, ver películas, sumergirme en la más absoluta despreocupación...
Nieves Correas Cantos

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