I. Introducción
¿Habéis probado a guiñar un ojo con elegancia? A mí es algo que me resulta imposible de lograr. Cuando lo intento delante del espejo, la imagen que veo reflejada en el cristal es la de una deslucida autómata haciendo gestos raros. Contrayendo una mejilla en el momento en que cierra el párpado del mismo lado; o abriendo desmesuradamente un fanal mientras tapia el otro...
II. El jovenete Wenceslao
Después de este exordio que acabo de pergeñar, quiero deciros que yo, de púbera, estuve enamorada de un virtuoso guiñador. El muchacho, que se llamaba Wenceslao, cucaba con igual habilidad el lucero izquierdo que el derecho; y no hacía sólo eso, sino que encima sonreía. El resultado era espectacular. Pienso que además de cautivarme a mí, el mancebo fascinaba a todas las chiquillas del pueblo. Había que ver lo irresistible que estaba cuando entraba en clase desplegando su arte. Tabicando ora un iris, ora el otro... ¡Parecía que llegaba el día!
III. El apabullo
Nunca pude hablar con el jovenete porque la turbación que me provocaba tenerlo cerca me lo impedía. Se me paralizaban las facultades físicas y mentales. Era un azaramiento total. ¡Lo nunca visto!
Nieves Correas Cantos

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