¿Quién no se ha hecho el sueco alguna vez? Para aquellos a los que nos horroriza inmiscuirnos en asuntos ajenos, fingir que no nos enteramos de extrañas disensiones es la mejor manera de obviarlas y de no tomar parte en ellas.
El inconveniente surge cuando algún listo o bienintencionado (que de todo hay en la viña del Señor) cree que somos tontos auténticos y se empeña en explicarnos lo que de sobra entendemos.
Y con este microrrelato me estoy refiriendo a algo que viví hace una eternidad.

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