Aquella silla colocada en la cocina conocía las asentaderas de toda la gente del pueblo. Es evidente que los que más se acomodaban en ella eran los moradores del casón; pero a lo largo del tiempo, creaturas de toda clase y condición iban apoyando sus glúteos en el asiento de enea. Personas sencillas, linajudas, menestrales, señoritingos sin oficio ni beneficio, clérigos, maestros, guardiaciviles...
Fuera cual fuera el tamaño de las nalgas colocadas sobre la espadaña, la poltrona procuraba no quejarse. ¡Y mira que a veces le costaba reprimir un crujido! Sobre todo cuando se trataba del gordinflas de Silvestre (el desparrame de sus posaderas cuando se sentaba era tal que lograr mantener la estabilidad en esas condiciones era casi un milagro)... Pero la silla no chistaba: apretaba sus junturas y a aguantar. Todo antes que la hicieran pedazos y la utilizaran como leña.
Y también había culos que ni fu ni fa; y culines que de tan pequeños le provocaban cosquillas. Traseros sin apenas carne a los que había que ponerles un cojín para que sus dueños no tuvieran la sensación de que se les clavaba la anea. Y a esta especie pertenecía el de la lagarta Guadalupe; una mujer muy flaca que si te tocaba te producía repelús de lo requetefría que estaba.

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