Con toda certeza, el padre Fulgencio era un hombre bonísimo; pero a mí, de pequeña, me provocaba terror. Cuando lo veía aparecer por casa con su hábito de fraile, sus luengas barbas y su gigantez, me entraba tal miedo que invariablemente me escondía. Y lo hacía de muchas maneras: envolviéndome con las cortinas del cuarto de estar; metiéndome en el ropero; confundiéndome entre las peponas de cartón que guardábamos en la buhardilla...
Si hago mención de este religioso es porque hace un rato he oído la locución “Tres tristes tigres” y me he acordado de él. De su afición por enseñar a los chiquillos jaculatorias y trabalenguas de una forma paralela. Religión y lenguaje a la vez. Aprender a recitar la oración “Jesusito de mi vida” y a pronunciar de corrido “Pablito clavó un clavito”...
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario