De todos los conocimientos que poseo, un truco de magia que aprendí de pequeña es el que considero de más valor. Con dicho ardid he podido entretener a muchos críos; hacerlos felices durante unos instantes y ser dichosa yo.
El juego, consistente en adivinar qué carta ha sido extraída y vuelta a meter en una baraja, me lo enseñó un ilusionista que llegó al pueblo en las fiestas de san Dionisio, nuestro patrón. Recuerdo que el mago instaló su barraca entre la caseta de tiro y el carrusel; y también me acuerdo de que su mujer era médium y su cuñado faquir.
El prestidigitador, que siempre iba vestido con una túnica fosforito y gastaba mucha prosopopeya, no me descubrió el secreto naipesco a cambio de nada. Lo hizo después de que yo le contara cómo había podido pasearse san Dionisio por todo París llevando su cabeza cortada debajo del brazo. Y mis explicaciones debieron de ser tan de su agrado que el buen hombre, además de en el ilusionismo, me introdujo en el arte de la papiroflexia. De un modo concreto aprendí a hacer barcos de papel y cajitas de madalenas...
Nieves Correas Cantos

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