sábado, 18 de junio de 2022

AQUELLOS JUNIOS EN VEJER

 I. A cielo descubierto

En mi niñez, junio era el mes de la siega. En mayo, los hombres recogían las habas; y, en el tiempo del solsticio, cortaban la mies y la trillaban. 

También era el periodo en que los días, que venían estirándose como si fueran chicles, alcanzaban su máximo esplendor; y la época en que cesaba la actividad escolar y a algunos críos nos permitían dormir en la era.

Pernoctar teniendo el firmamento por techo me parecía la experiencia más maravillosa que alguien podía tener. Contemplando las estrellas era fácil quedarse embelesado; entrar en éxtasis. 

II. El Cerro de las Maldades 

Asimismo, fue en junio la primera vez que oí a un barbateño denominar a Vejer “El Cerro de las Maldades”. El bocazas era un chisgarabís que cada tarde llegaba con la marea alta mostrando galleo. Un mequetrefe que al preguntarle sobre el porqué de dicho nombre, me respondió que se debía al gran número de vejeriegos que acababan ahorcándose.

A mí, aquella justificación se me antojó una mentira gordísima; una trola destinada a desacreditarnos. Que yo conociera, sólo se habían colgado de un naranjo dos hombres: uno que se casó con una harpía (un ave fabulosa según creía yo entonces) y otro que se arruinó.

No quiero terminar este escrito sin añadir que los maledicentes del pueblo de Vejer llamaban al pueblo de Barbate “El Hoyo de la Peste” por el mal olor que desprendía el guano que creaba.

Nieves Correas Cantos


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